quinta-feira, setembro 07, 2006


Maurice Blanhot: la razÃŗn en Sade

'este texto Ê uma pequena parte da obra de Blanchot, que estÃĄ disponivel no sítio www.oestrangeiro.net'

BLANCHOT, M. La razÃŗn de Sade. In LautrÊamont y Sade. TraducciÃŗn de Enrique Lombera Pallares. MÊxico: FCE, 1990 (p. 11-63)

Esse texto precioso diz diretamente respeito a outros textos. O Sade apresentado por Foucault em HistÃŗria da Loucura Ê diretamente ligado a esse livro; caso sigamos uma indicaçÃŖo de Roudinesco, Lacan escreve seu "Kant com Sade" a partir da leitura foucaultiana de Sade, que por sua vez Ê permeada por Blanchot.
En 1797 apareciÃŗ en Holanda La nueva Justine o las desgracias de la virtud seguida de la historia de Juliette, su hermana. Esta obra monumental, de cerca de 4.000 pÃĄginas, que su autor había preparado a travÊs de varias redacciones que aumentan aÃēn mÃĄs su extensiÃŗn, trabajo casi sin fin, de inmediato espantÃŗ al mundo. Si hay un infierno en las bibliotecas, es para semejante libro. Hemos de admitir que en ninguna literatura de ninguna Êpoca ha habido una obra tan escandalosa, que como ninguna otra haya herido mÃĄs profundamente los sentimientos y los pensamientos de los hombres. ÂŋQuiÊn, actualmente, se atrevería a rivalizar en licencia con Sade? Sí, podemos pretenderlo: tenemos allí la obra mÃĄs escandalosa jamÃĄs escrita. ÂŋNo es un motivo para preocuparnos? Tenemos la suerte de conocer una obra mÃĄs allÃĄ de la cual ningÃēn otro escritor, en ningÃēn momento, ha logrado aventurarse. ÂŋTenemos, pues, de alguna manera en la mano, en este mundo tan relativo de la literatura un verdadero absoluto, y no intentamos interrogarlo? ÂŋNo pensamos en preguntarle por quÊ no se le puede superar, lo que hay en el excesivo, eternamente demasiado fuerte para el hombre? ExtraÃąa negligencia. Pero, Âŋtal vez serÃĄ tan puro el escÃĄndalo a causa de esta negligencia? Cuando vemos las precauciones que ha tomado la historia para hacer de Sade un enigma prodigioso, cuando pensamos en esos 27 aÃąos de prisiÃŗn, en esa existencia confinada y prohibida, cuando ese secuestro atenta no sÃŗlo contra la vida de un hombre, sino contra su supervivencia, al punto de que poner en secreto su obra parece condenarlo, aÃēn vivo, a una prisiÃŗn eterna, llegamos a preguntarnos si los censores y los jueces que pretenden encerrar a Sade no estÃĄn al servicio del mismo Sade, no realizan los votos mÃĄs vivos de su libertinaje, el que siempre aspirÃŗ a la soledad de las entraÃąas de la tierra, al misterio de una existencia subterrÃĄnea y reclusa. Sade, de diez maneras, formulÃŗ esa idea, la de que los mÃĄs grandes excesos del hombre exigían el secreto, la oscuridad del abismo, la soledad inviolable de una celda. Ahora bien, cosa extraÃąa, son los guardianes de la moral quienes, al condenarlo al secreto, se han hecho junto con Êl los cÃŗmplices de la mÃĄs baja inmoralidad. Es su suegra, la puritana Madame de Montreuil, la que, al hacer de su vida una prisiÃŗn, hace de esa vida la obra maestra de la infamia y del desenfreno. E igualmente, si despuÊs de tantos aÃąos Justine et Juliette continua pareciÊndonos el libro mÃĄs escandaloso que pueda leerse, es porque el libro casi no es posible, es porque, por el autor, por los editores, con la ayuda de la moral universal, se tomaron todas las medidas para que el libro conservara un secreto, sea una obra perfectamente ilegible, ilegible tanto por su extensiÃŗn, su composiciÃŗn, sus repeticiones, como por el vigor de sus descripciones y la indecencia de su ferocidad, que no podían sino precipitarla en el infierno. Libro escandaloso, pues a ese libro no podemos casi aproximarnos y nadie puede volverlo pÃēblico. Pero libro que muestra tambiÊn que no hay escÃĄndalo allí donde no hay respeto, y que donde el escÃĄndalo es extraordinario, el respeto es extremo. ÂŋQuiÊn es mÃĄs respetado que Sade? Muchos, todavía hoy, creen que les bastaría tener un momento entre las manos esta obra maldita para que se verifique la orgullosa frase de Rousseau: "Âŋtoda joven que lea una sola pÃĄgina de ese libro, estarÃĄ perdida?" Semejante respeto es ciertamente un tesoro para una literatura y una civilizaciÃŗn. Así, a todos sus editores y comentaristas presentes y por venir, no podemos dejar de decirles discretamente este voto: ÂĄAh, en Sade, por lo menos, respetad el escÃĄndalo!
Por fortuna, Sade se defiende bien. No sÃŗlo su obra, sino su pensamiento siguen siendo impenetrables, y ello aunque los desarrollos teÃŗricos sean en ella numerosos, aunque los repita con una paciencia desconcertante y aunque razone de la manera mÃĄs clara y con lÃŗgica mÃĄs que suficiente. El gusto e incluso la pasiÃŗn de los sistemas lo animan. Se explica, afirma, prueba: regresa 100 veces sobre el mismo problema (y 100 veces es poco decir), lo mira en todos los aspectos, examina todas las objeciones, responde a ellas, encuentra otras a las cuales responde tambiÊn. Y como lo que Êl dice es generalmente bastante sencillo, como su lenguaje es abundante pero preciso y firme, parece que no debería haber nada mÃĄs fÃĄcil de comprender que la ideología que, en Êl, no se separa de las pasiones. Y sin embargo, ÂŋCuÃĄl es el fondo del pensamiento de Sade? ÂŋQuÊ dijo, en realidad? ÂŋDÃŗnde estÃĄ el orden de su sistema, dÃŗnde comienza, donde termina? ÂŋHay incluso mÃĄs de una sombra de sistema en las etapas de este pensamiento tan obsesionado por las razones? ÂŋY por quÊ tantos principios tan bien coordinados no consiguen formar el conjunto perfectamente sÃŗlido que deberían constituir, que incluso en apariencia componen? Eso no aparece, tampoco, con mayor claridad. Tal es la primera singularidad de Sade. Consiste en que esos pensamientos teÃŗricos liberan a cada instante unos poderes irracionales con los cuales estÃĄn ligados: esos poderes a la vez los animan y los deforman con un empuje tal que los pensamientos resisten y ceden, intentan dominarlo, pero no lo consiguen sino liberando otras fuerzas oscuras, las cuales a su vez los arrastran, los desvían y los pervierten. De ello resulta que todo lo dicho estÃĄ claro, pero parece a merced de algo que todavía no estÃĄ dicho, que aparece un poco mÃĄs tarde lo que no se habría dicho, y es retomado por la lÃŗgica, que a su vez obedece al movimiento de una fuerza todavía escondida y que al final, al ponerse las cosas en claro, todo llega a expresarse, pero todo igualmente vuelve a hundirse en la oscuridad de los pensamientos irreflexivos y de los momentos que no pueden formularse.
El malestar del lector frente a este pensamiento que no se aclara sino ante la apariciÃŗn de otro pensamiento, que a su vez, en ese instante no puede aclararse, es a menudo muy grande. Lo es, tanto mÃĄs en la medida en que las declaraciones de principio de Sade, lo que podemos llamar su filosofía de base, parecen ser la sencillez misma. Esta filosofía es la del interÊs, seguido por el egoísmo integral. Cada quien debe hacer lo que le plazca, nadie tiene otra ley que su placer. Esta moral estÃĄ fundada sobre el hecho primero de la soledad absoluta. Sade lo ha dicho y repetido en todas las formas: la naturaleza nos hace nacer solos, no existe ninguna especie de relaciÃŗn entre un hombre y otro. La Ãēnica regla de conducta es, pues, que yo prefiera todo lo que me afecte felizmente, sin tener en cuenta las consecuencias que esta decisiÃŗn podría acarrear al prÃŗjimo. El mayor dolor de los demÃĄs cuenta siempre menos que mi placer. QuÊ importa, si yo debo comprar el mÃĄs dÊbil regocijo a cambio de un conjunto de desastres, pues el goce me halaga, estÃĄ en mí, pero el efecto del crimen no me alcanza, esta fuera de mí.
Estos principios son claros. Los volvemos a encontrar desarrollados de mil maneras en 20 volÃēmenes. Sade no se cansa de ello. Lo que le gusta infinitamente es ponerlos en relaciÃŗn con las teorías de moda, las de la igualdad de los individuos enfrente de la naturaleza y enfrente de la ley. Propone entonces dos razonamientos de este gÊnero: siendo idÊnticos todos los seres a los ojos de la naturaleza, esta identidad me concede el derecho de no sacrificarme a la conservaciÃŗn de los demÃĄs, cuya ruina es indispensable para mi felicidad. O bien, formula una especie de DeclaraciÃŗn de Derechos del Erotismo, teniendo por principio fundamental esta mÃĄxima, vÃĄlida tanto para las mujeres como para los hombres: darse a todos aquellos que lo desean, tomar a todos aquellos a quien deseamos. "ÂŋQuÊ mal hago, que ofensa cometo, diciendo a una bella criatura, cuando la encuentro: prÊstame la parte de tu cuerpo que puede satisfacerme un instante y goza, si eso te place, de aquella del mío que puede serte agradable?" Semejantes proposiciones le parecen irrefutables a Sade. En el curso de largas pÃĄginas, invoca la igualdad de los individuos, la reciprocidad de derechos, sin percatarse que sus razonamientos, lejos de afirmarse, se vuelven insensatos: "JamÃĄs un acto de posesiÃŗn puede ejercerse sobre un ser libre", dice. Pero ÂŋquÊ concluye de esto? No que estÊ prohibido hacer violencia a cualquier ser y gozarlo en contra de su voluntad, sino que nadie, para negarse a ello, pueda pretextar unas relaciones exclusivas, un derecho anterior de "posesiÃŗn". La igualdad de los seres es el derecho de disponer igualmente de todos los seres; la libertad es el poder de someter a cualquiera a sus deseos.
Al observar el encadenamiento de semejantes fÃŗrmulas, nos preguntamos si hay una laguna en la razÃŗn de Sade, una ausencia, una locura. Tenemos la sensaciÃŗn de un pensamiento profundamente perturbado, suspendido sobre el vacío. Pero, de repente, la lÃŗgica triunfa, las objeciones aparecen y el sistema se forma poco a poco. Justine, que como sabemos, representa en este mundo la virtud: tenaz, humilde, siempre oprimida y desgraciada, pero jamÃĄs convencida de sus errores, declara intempestivamente de una manera muy razonable: "Vuestros principios suponen el poder; si mi felicidad consiste en nunca tener en cuenta el interÊs de los demÃĄs, en hacerles mal en ocasiones, llegarÃĄ necesariamente un día en que el interÊs de los demÃĄs consistirÃĄ en hacerme mal; Âŋen nombre de quÊ protestaría yo?" "ÂŋEl individuo que se aísla puede luchar contra todos?" ObjeciÃŗn clÃĄsica, como vemos. El hombre de Sade responde a ello implícita y explícitamente de varias maneras que nos arrastran poco a poco al corazÃŗn de ese universo que es el suyo. Sí, dice de entrada, mi derecho es el del poder. Y en efecto, la humanidad de Sade estÃĄ compuesta esencialmente de un pequeÃąo nÃēmero de hombres todopoderosos, que han tenido la energía de elevarse por encima de los prejuicios, que se sienten dignos de la naturaleza por has diferencias que ha puesto en ellos, y que buscan la satisfacciÃŗn por todos los medios. Esos hombres extraordinarios pertenecen generalmente a una clase privilegiada: son duques, reyes, el papa, que tambiÊn ha surgido de la nobleza; se benefician con has ventajas de su rango, de la fortuna, de la impunidad que les asegura su posiciÃŗn. Deben a su nacimiento los privilegios de la desigualdad, que se contentan con perfeccionar por un implacable despotismo. Son los mÃĄs fuertes, porque forman parte de una clase fuerte. "Llamo pueblo, dice uno de ellos, a esa clase vil y despreciable que no puede vivir sino a fuerza de penas y de sudores; todo lo que respira debe ligarse contra esta clase abyecta".
Sin embargo, no es posible dudar, si lo mÃĄs a menudo esos soberanos del libertinaje concentran en ellos, para su ventaja, toda la desigualdad de las clases, ello no es sino una circunstancia histÃŗrica, la que Sade no toma en cuenta en sus juicios valorativos. Ha discernido perfectamente que en la Êpoca en la cual escribe, el poderío es una categoría social; que estÃĄ inscrito en la organizaciÃŗn de la sociedad, tal como se conserva antes y despuÊs de la revoluciÃŗn, pero cree tambiÊn que el poder (al igual que la soledad) no es solamente un estado, sino una decisiÃŗn y una conquista, que sÃŗlo es poderoso quien puede lograrlo por medio de su energía. En realidad, sus hÊroes se reclutan en dos medios opuestos: en lo mÃĄs alto y en lo mÃĄs bajo, en la clase mÃĄs favorecida y en la clase mÃĄs desfavorecida, entre los grandes de este mundo y en la cloaca de los bajos fondos. Unos y otros encuentran en su punto de partida algo extremoso que los favorece: el extremo de la miseria es un acicate tan vigoroso como el vÊrtigo de la fortuna. Cuando se es un Dubois o un Durand, uno se subleva contra las leyes porque se estÃĄ demasiado abajo de ellas para poderse conformar sin perecer. Y cuando uno es un Saint-Fond o el duque de Blangis, se estÃĄ demasiado encima de las leyes para someterse a ellas sin decaer. Por ello, en las obras de Sade la apología del crimen se sustenta en principios contradictorios: para unos, la desigualdad es un hecho de la naturaleza; no tienen ningÃēn derecho, no son nada, contra ellos todo estÃĄ permitido. De ahí esos elogios desmedidos a la tiranía, esas constituciones políticas destinadas a hacer imposible el desquite del dÊbil y el enriquecimiento del pobre. "Establezcamos, dice Verneuil, que hay necesariamente en las intenciones de la naturaleza una clase de individuos esencialmente sometidos a otros por su debilidad y su nacimiento". "No para el pueblo se ha hecho la ley... Lo esencial, en todo gobierno prudente, es que el pueblo no invada la autoridad de los grandes". Y Saint-Fond: "El pueblo estarÃĄ sometido a una esclavitud que lo pondrÃĄ en situaciÃŗn de no atentar jamÃĄs contra la dominaciÃŗn o la degradaciÃŗn de las propiedades de los ricos". O aÃēn: "Todo lo que se denomina crimen de libertinaje no serÃĄ castigado sino en las castas de esclavos".
Henos aquí, parece, en presencia de la teoría mÃĄs loca del despotismo mÃĄs absoluto. Pero, bruscamente, la perspectiva cambia. ÂŋQuÊ dice la Dubois? "La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales; si la suerte se complace en desarreglar ese primer plan de las leyes generales, nos corresponde corregir sus caprichos y reparar con nuestra habilidad las usurpaciones de los mÃĄs fuertes... Tanto que nuestra buena fe como nuestra paciencia no servirÃĄ sino para reforzar nuestras cadenas, nuestros crímenes serÃĄn virtudes y estaríamos bien engaÃąados al rechazarlos para disminuir un poco el yugo con el cual se nos carga". Y agrega: a los pobres, sÃŗlo el crimen les abre las puertas de la vida; la maldad es la compensaciÃŗn de la injusticia, al igual que el robo es el desquite del desposeído. Así, lo distinguimos claramente: igualdad, desigualdad, libertad de la opresiÃŗn, revuelta contra los opresores no son sino argumentos provisionales a travÊs de los cuales se afirma, segÃēn la diferencia de relaciones sociales, el derecho del hombre de Sade al poder. Pronto, por lo demÃĄs, se borra la distinciÃŗn entre aquellos que tienen necesidad del crimen para subsistir y aquellos que no gozan de la existencia sino en el crimen. La Dubois se convierte en baronesa. La Durand, envenenadora de baja extradiciÃŗn, se eleva por encima de las princesas que Juliette no vacila en sacrificarle. Los condes se hacen jefes de banda, asaltantes (como en Faxelange) o incluso hoteleros para mejor despojar y asesinar a los bobos. Al contrario, la mayor parte de las víctimas del libertinaje son escogidos en la aristocracia, es preciso que sean nobles por nacimiento y es a la condesa, su madre, a quien el marquÊs de Bressac declara con un soberbio desprecio: "Tus días me pertenecen y los míos son sagrados".
Ahora, ÂŋquÊ pasa? Algunos se han vuelto poderosos. Unos lo eran por su origen, pero han demostrado que merecían ese poder por la manera en que lo han acrecentado y en que disponen de Êl. Otros se han convertido, y la seÃąal de su Êxito es que despuÊs de haber tenido que recurrir al crimen para adquirir el poder, se sirven de ese poder para adquirir la libertad de todos los crímenes. Así es el mundo: algunos seres que se han elevado a lo mÃĄs alto y alrededor de ellos, infinitamente, una polvareda sin nombre y sin nÃēmero de individuos que no tienen ni derecho ni poder. Veamos en quÊ se convierte la regla del egoísmo absoluto. Yo hago lo que me place, dice el hÊroe de Sade, sÃŗlo conozco mi placer y, para asegurarlo, torturo y mato. Vosotros me amenazÃĄis con una suerte parecida para el día en que encontrarÊ alguien cuya felicidad serÃĄ torturarme y matarme. Pero yo he adquirido precisamente el poder para elevarme por encima de esta amenaza. Cuando Sade nos propone respuestas de este gÊnero, sentimos perfectamente que nos deslizamos hacia un aspecto oculto de su pensamiento, que se sostiene sÃŗlo por las fuerzas oscuras que esconde. ÂŋCuÃĄl es ese poder que no teme ni el azar ni la ley, que se expone desdeÃąosamente a los terribles riesgos de una regla concebida así: yo os harÊ todo el mal que quiera, hacedme todo el mal que podÃĄis, con el pretexto de que esta regla terminarÃĄ siempre ventajosamente? Ahora bien, observemos, para que los principios se derrumben, basta una sola excepciÃŗn; si una sola vez el poderoso encuentra la desgracia por haber buscado sÃŗlo su placer, si en el ejercicio de su tiranía se convierte una sola vez en víctima, estarÃĄ perdido, la ley del placer parecerÃĄ una trampa, y los hombres, en lugar de querer triunfar por el exceso, volverÃĄn a vivir mediocremente en la preocupaciÃŗn del mal menor.
Sade sabe eso. "ÂŋY si cambia la fortuna?", le pregunta Justine. Él va a descender a mayor profundidad en su sistema y a mostrar que al hombre que se vincula con energía al mal nunca puede sucederle algo malo. Este es el tema esencial de su obra: a la virtud todos los infortunios, al vicio la dicha de una constante prosperidad. A veces, sobre todo en las primeras redacciones de Justine, esta afirmaciÃŗn parece una simple tesis ficticia que ilustra, a manera de prueba, el arreglo de una historia cuyo autor es el amo. Se dice que Sade acepta fÃĄbulas, que se remite demasiado a una Providencia negra, encargada de conducir a lo mejor a aquellos que han escogido lo peor. Pero en la Nouvelle Justine y en Juliette, todo cambia. Es cierto que Sade posee esta profunda convicciÃŗn: la de que el hombre del egoísmo absoluto no puede jamÃĄs caer en la desgracia; aÃēn mÃĄs, serÃĄ feliz al mÃĄximo y lo serÃĄ siempre, sin excepciÃŗn. ÂŋPensamiento demente? Puede ser. Pero este pensamiento estÃĄ unido en Êl a potencias tan violentas, que Êstas terminan por volver irrefutables, a sus ojos, las ideas que sostienen. En realidad, la traducciÃŗn teÃŗrica de esta certeza no se logra sin tropiezos. Recurre a varias soluciones, las ensaya sin tregua, aunque ninguna pueda satisfacerlo. La primera es puramente verbal: consiste en negar el pacto social, que segÃēn Êl, es la salvaguardia de los dÊbiles y constituye para el fuerte una grave amenaza teÃŗrica. En efecto, prÃĄcticamente el poderoso se sabe servir muy bien de la ley para consolidar sus arbitrariedades, pero entonces no es fuerte sino por la ley y es la ley la que teÃŗricamente encarna el poder. En tanto que no reina la anarquía o el estado de guerra, el soberano no es sino el soberano, pues incluso si la ley lo ayuda a aplastar a los dÊbiles es, en suma, por una autoridad creada en nombre de los dÊbiles y que sustituye la fuerza del hombre sÃŗlo por el falso vínculo de un pacto, del cual se vuelve el amo. "Las pasiones de mi vecino son infinitamente menos temibles que la injusticia de la ley, pues las pasiones de ese vecino estÃĄn contenidas por las mías y en cambio nada detiene, nadie se enfrenta a las injusticias de la ley". Nada detiene la ley porque no hay nada encima de ella y porque estÃĄ por lo mismo siempre encima de mí. Es por lo que, incluso sirviÊndome, me oprime. TambiÊn por ello Sade, si pudo reconocerse en la revoluciÃŗn, es en la medida en que, como trÃĄnsito de una ley a otra, ha reprensado la posibilidad de un rÊgimen sin ley, como Êl lo ha expresado en estas curiosas afirmaciones: "El reino de las leyes es inferior al de la anarquía: la prueba mÃĄs grande de lo que digo estÃĄ en la obligaciÃŗn en que se encuentra todo gobierno de hundirse a sí mismo en la anarquía, cuando quiere rehacer la constituciÃŗn. Para abrogar las antiguas leyes, estÃĄ obligado a establecer un rÊgimen revolucionario en el cual no hay ley: de ese rÊgimen nacen finalmente nuevas leyes, pero ese segundo estado es necesariamente menos puro que el primero, puesto que de Êste deriva..."
De hecho, el Poder se acomoda a cualquier rÊgimen. A todos niega la autoridad y en el seno de un mundo desnaturalizado por la ley, crea un enclave donde la ley se calla, un lugar cerrado en el cual la soberanía legal es ignorada mÃĄs bien que combatida. En los estatutos de la "Sociedad de los Amigos del Crimen" figura un artículo que prohíbe toda actividad política.

La sociedad respeta el gobierno bajo el cual vive, y si ella se pone encima de las leyes, es porque estÃĄ en sus principios que el hombre no tiene poder de hacer leyes que contraríen las de la naturaleza, pero los desÃŗrdenes de sus miembros, siempre internos, no deben jamÃĄs escandalizar ni a los gobernantes ni a los gobernados.

Y si llega a suceder en la obra de Sade que el Poder realice una tarea política y se mezcle en la revoluciÃŗn, como es el caso de Borchamps que se entiende con la Logia del Norte para derrocar a la monarquía sueca, los motivos que lo inspiran no tienen nada que ver con la voluntad de emancipar la ley. "ÂŋCuÃĄles son los motivos que os hacen detestar el despotismo sueco?", le pregunta a uno de los conspiradores. "Los celos, la ambiciÃŗn, el orgullo, la desesperaciÃŗn de ser dominado, el deseo de tiranizar yo mismo a los otros" ―"Âŋel bienestar de los pueblos entra de alguna manera en vuestras vías?"―. "No quiero sino el mío propio".
En rigor, el Poder puede siempre sostener que no tiene nada que temer de los hombres comunes que son dÊbiles y nada de la ley, cuya legitimidad no reconoce. El verdadero problema es el de las relaciones del Poder con el poder. Esos hombres fuera de serie, que vienen de muy arriba o de muy abajo, se encuentran necesariamente: sus gustos parecidos los aproximan; el hecho de que lean la excepciÃŗn, al ponerlos aparte, los aproxima. Pero ÂŋcuÃĄl puede ser la relaciÃŗn de la excepciÃŗn con la excepciÃŗn? Esta cuestiÃŗn ha ciertamente preocupado mucho a Sade. Como siempre, va de una soluciÃŗn a otra, para finalmente, al tÊrmino de su lÃŗgica, dejar que se transparente de este enigma, la Ãēnica palabra que le importa. Cuando inventa una sociedad secreta, reglamentada por convenciones rigurosas, destinadas a atemperar en ella los excesos, tiene la excusa de moda, pues ha vivido en un tiempo en el cual la francmasonería del libertinaje, y la francmasonería a secas hacia surgir, en el seno de una sociedad en ruinas, un gran numero de pequeÃąas sociedades, de colegios secretos, fundados sobre la complicidad de las pasiones y el mutuo respeto de las ideas peligrosas. La "Sociedad de los Amigos del Crimen" es un ensayo de este gÊnero. Sus estatutos, ampliamente analizados y estudiados, prohíben a los miembros de la sociedad el abandonarse entre ellos a las pasiones feroces, las cuales no pueden satisfacerse sino en dos serrallos, a los cuales las clases virtuosas aseguran la poblaciÃŗn. Entre ellos, deben los miembros "prestarse a todas las fantasías y a hacer todo", Pero, agrega Sade, no debe haber pasiones crueles. Vemos claramente por quÊ: es que se trata a cualquier precio de impedir el encuentro, en el terreno en que el mal se convertiría en su desgracia, de quienes no deben esperar sino el placer. Los libertinos superiores se alían, pero no se encuentran.
Tal compromiso no puede satisfacer a Sade. TambiÊn es preciso seÃąalar que, aunque los hÊroes de sus libros se asocian constantemente por convenios que determinan los límites de su poder y sobreponen el orden al desorden, la posibilidad de la traiciÃŗn permanece entera: entre los cÃŗmplices la traiciÃŗn no cesa de agrandarse, al punto que al fin se sienten menos ligados por el juramento que los une que por la necesidad recíproca de faltar a ese juramento. Esta situaciÃŗn vuelve extremadamente dramÃĄtica la Ãēltima parte de Juliette. Ésta tiene principios. Tiene respeto al libertinaje y cuando se encuentra a un malvado perfecto, la perfecciÃŗn del crimen del cual es responsable, el poder de destrucciÃŗn que representa, no sÃŗlo la llevan a asociarse con Êl, sino, incluso, cuando esta asociaciÃŗn se vuelve peligrosa para ella la conducen a salvarlo si puede. Así, aunque en peligro de ser muerta por el monstruo Minski, se niega a hacerle asesinar. "Este hombre es demasiado perjudicial para la humanidad, para que yo prive de Êl al Universo". Y algÃēn otro personaje que inventa obras maestras de lubricidad, sí, al fin ella lo inmola, pero porque se ha dado cuenta de que al salir de sus orgías sangrientas, aquÊl tenía el hÃĄbito de ir a una capilla a purificarse el alma. ÂŋEl perfecto criminal estarÃĄ pues al abrigo de las pasiones a las cuales se libra? ÂŋSubsistiría un principio, un Ãēltimo principio, segÃēn el cual el libertino no puede ser nunca objeto ni víctima de su propio libertinaje? "Me has dicho 100 veces, dice a Juliette Mme. de Donis, que los taimados no se hieren entre ellos: ÂŋdesmentirÃĄs esta mÃĄxima?" La respuesta es clara; la desmiente; Mme. de Donis es sacrificada, y poco a poco los cÃŗmplices mÃĄs queridos, los compaÃąeros de perdiciÃŗn mÃĄs respetables perecen víctimas sea de su fidelidad, sea de su perjurio, sea de su cansancio, sea del ardor de sus sentimientos. Nada puede salvarlos, nada los excusa. Apenas ha precipitado Juliette a la muerte a sus mejores amigos cuando ya se vuelve hacia otros nuevos aliados e intercambia con ellos juramentos de eterna confianza. Juramentos de los cuales se ríen ellos mismos, pues bien saben que no asignan límites a sus excesos, sino para tener el placer de rebasar esos límites.
La conversaciÃŗn siguiente, entre algunos seÃąores del crimen, resume bastante bien la situaciÃŗn. Uno de ellos, Germand, dice de su primo Bressac: "Mirad, Êl hereda de mí; pues bien, yo apuesto que mi vida no lo impacienta: tengo los mismos gustos, la misma manera de pensar, Êl estÃĄ seguro de encontrar un amigo en mí". Ciertamente, dice Bressac, yo nunca os harÊ el menor daÃąo. Sin embargo, el mismo Bressac observa que otro de sus parientes, d'Esterval, que se especializa en degollar transeÃēntes, ha estado a punto de asesinarlo. "Sí, dice d'Esterval, como pariente, jamÃĄs como compaÃąero de orgías". Pero Bressac permanece escÊptico y todos quedan, en efecto, de acuerdo en que esta consideraciÃŗn ha estado a punto de no retener a DorothÊe, la mujer de d'Esterval. Ahora bien, ÂŋquÊ responde esta DorothÊe? "Vuestro elogio estÃĄ en vuestra sentencia. El terrible hÃĄbito que tengo de inmolar a los hombres que me placen, escribía vuestra sentencia a un lado de mi declaraciÃŗn de amor". He aquí algo claro. Pero, en esas condiciones, Âŋen quÊ se convierte esa certidumbre del hombre siempre feliz si tiene todos los vicios, necesariamente infortunado si posee una sola virtud? En la realidad, su obra estÃĄ sembrada de cadÃĄveres de libertinos, que cayeron en la cumbre de su gloria. No es sÃŗlo a Justine a quien el dolor sigue, sino tambiÊn a la soberbia Clairwill, la heroína mÃĄs fuerte, la mÃĄs enÊrgica de Sade, al igual que a Saint-Fond, asesinado por Noirceuil, a la licenciosa Borghese arrojada al fondo de un volcÃĄn, a cientos de criminales perfectos. ÂĄRaros desenlaces, singulares triunfos de esos seres perversos! ÂŋCÃŗmo la loca razÃŗn de Sade pudo cegarse frente a estos mentís que ella misma se da? Pero sucede precisamente que esos mentís son pruebas y he aquí por quÊ:
Cuando leemos distraídamente Justine, nos dejamos engaÃąar por una historia bastante grosera. Vemos a esa joven virtuosa violada sin cesar, golpeada, torturada, víctima de un destino resuelto a perderla; y cuando leemos Juliette vemos a una joven viciosa que vuela de placer en placer. Semejante intriga no acaba de convencernos. Pero es que no hemos puesto atenciÃŗn a su aspecto mÃĄs importante: atentos Ãēnicamente a la tristeza de una de ellas y a la satisfacciÃŗn de la otra, se nos olvida que en el fondo la historia de las dos hermanas es idÊntica, que todo lo que pasaba a Justine le sucedía a Juliette; que la una y la otra pasan por los mismos acontecimientos, sufren las mismas pruebas. Juliette es tambiÊn enviada a prisiÃŗn, golpeada, amenazada de suplicio, torturada sin fin. Su existencia es horrible, pero mirad: esos males le proporcionan placer, esas torturas le encantan. "Son deliciosos los hierros del crimen que amamos." Y no hablamos de estos tormentos singulares que son tan terribles para Justine y tan deliciosamente agradables para Juliette. En el curso de una escena que sucede en el castillo de un mal juez, se ve a esa infortunada Justine entregada a suplicios verdaderamente execrables; sus sufrimientos son inauditos; no sabemos quÊ pensar de semejante injusticia. Ahora bien, ÂŋquÊ sucede? Una muchacha totalmente viciosa que asiste a la escena, enardecida por el espectÃĄculo, exige que se le haga sufrir inmediatamente el mismo suplicio. Y obtiene con ello delicias infinitas. Es, pues, cierto que la virtud hace la desgracia de los hombres, pero no porque los exponga a sucesos desgraciados, sino porque, si quitamos la virtud, lo que era desdicha se convierte en ocasiÃŗn de placer, y los tormentos son voluptuosidades.
Para Sade, el hombre soberano es inaccesible al mal porque nadie puede hacerle mal; es el hombre de todas las pasiones y sus pasiones se complacen en todo.
Hemos acogido a veces, como expresiÃŗn de una paradoja demasiado ingeniosa para ser verdadera, la conclusiÃŗn de Jean Paulhan quien, detrÃĄs del sadismo de Sade, ha hecho aparecer una tendencia completamente contraria[1]. Pero vemos que esta idea estÃĄ en el centro del sistema. El hombre del egoísmo integral es quien sabe transformar todos los disgustos en gustos, todas las repugnancias en atractivos. Como filÃŗsofo de boudoir afirma: "Me gusta todo, me divierto de todo, quiero reunir todos los gÊneros." Y por ello Sade, en Les 120 journÊes, se dedica a la tarea gigantesca de hacer la lista completa de las anomalías, de las desviaciones, de todas las posibilidades humanas. Es necesario probar todo para no estar a merced de algo. "No conocerÃĄs nada si no has conocido todo, si eres lo bastante tímido para detenerte con la naturaleza, Êsta se te escaparÃĄ para siempre."
Comprendemos por quÊ la objeciÃŗn de la triste Justine, "Âŋy si cambia la suerte?", no puede inquietar a un alma criminal. La suerte puede cambiar y convertirse en mala suerte: no serÃĄ sino una nueva suerte, tan deseada o tan satisfactoria como la otra. ÂĄPero os arriesgÃĄis al patíbulo! ÂĄTerminarÊis, probablemente, en la muerte mÃĄs ignominiosa! Es ese mi deseo mÃĄs ferviente, responde el libertino: "Oh, Juliette, dice la Borghèse, yo quisiera que mis extravíos pudiesen llevarme como a la Ãēltima de las criaturas a la suerte a la cual los conduce el abandono. El patíbulo mismo serÃĄ para mí el trono de las voluptuosidades, allí desafiarÊ a la muerte, gozando del placer de expirar víctima de mis maldades." Y alguna otra: "El verdadero libertino gusta hasta de los reproches que le merecen sus execrables procedimientos. ÂŋNo hemos visto que gozan hasta los suplicios que la venganza humana les preparaba, que los sufrían con alegría, que observaban el patíbulo como un trono de gloria donde les habría consternado no perecer con el mismo valor que los había animado en el execrable ejercicio de sus maldades? He aquí al hombre en el Ãēltimo grado de la corrupciÃŗn reflexionada." ÂŋSobre un Poder semejante, que puede la ley? Lo quiere castigar y lo recompensa, lo exalta al envilecerlo. E igualmente, ÂŋquÊ puede el libertino contra su semejante? Un día lo traiciona y lo inmola, pero esta traiciÃŗn proporciona un placer feroz a quien es la víctima, que ve con ello confirmadas todas sus sospechas y muere en la voluptuosidad de haber sido la ocasiÃŗn de un nuevo crimen (sin hablar de otras alegrías). Una de las mÃĄs curiosas heroínas de Sade se llama AmÊlie. Vive en Suecia; un día va al encuentro de Borchamps, el conspirador del cual hemos hablado; Êste, con la esperanza de una ejecuciÃŗn monstruosa, acaba de entregar al soberano a todos los miembros de la conspiraciÃŗn, y esta traiciÃŗn ha entusiasmado a la joven. "Me encanta tu ferocidad, le dice ella. JÃērame que un día tambiÊn serÊ tu víctima; desde la edad de quince aÃąos he estado trastornada por el ideal de perecer como víctima de las crueles pasiones del libertinaje. No quiero morir maÃąana, sin duda; mi extravagancia no llega tan lejos; pero no quiero morir sino de esta manera: convertirme al expirar en ocasiÃŗn de un crimen es una idea que me hace girar la cabeza." ExtraÃąa cabeza, completamente digna de esta respuesta: "Amo tu cabeza con locura y yo creo que haremos juntos cosas fuertes." "ÂĄElla estÃĄ podrida, putrefacta, convengo en ello!"
Así, todo comienza a ser claro: para el hombre integral, que es el todo del hombre, no hay mal posible. Si hace mal a otros, ÂĄquÊ voluptuosidad! Si los otros se lo hacen a Êl, ÂĄquÊ goce! La virtud le da placer, porque ella es dÊbil y Êl la aplasta, y del vicio obtiene satisfacciÃŗn por el desorden que engendra, aunque sea a sus expensas. Si vive, no hay acontecimiento de su existencia que no pueda considerar feliz. Si muere, encuentra en su muerte un placer mÃĄs grande aÃēn y, en la conciencia de su destrucciÃŗn el coronamiento de una vida que sÃŗlo justifica la necesidad de destruir. Es pues inaccesible a los demÃĄs. Nadie puede alcanzarlo, nada aliena su poder de ser Êl mismo y de gozar de sí mismo. Tal es el primer sentido de su soledad. Aun si en apariencia se convierte a su vez en víctima y esclavo, la violencia de sus pasiones que Êl sabe satisfacer en cualquier circunstancia le asegura la soberanía, le hace sentir que en todo momento, en la vida y en la muerte, se conserva todopoderoso. Es en esto, a pesar de la analogía de las descripciones, en lo que parece justo dejar a Sacher Masoch la paternidad del masoquismo y a Sade la del sadismo. Entre los hÊroes de Sade, el placer del envilecimiento no altera nunca su dominio y la abyecciÃŗn los coloca mÃĄs alto; todos los sentimientos que se denominan vergÃŧenza, remordimientos, gusto del castigo, les son extraÃąos. A Saint-Fond que le dice: "Mi orgullo es tal que yo quisiera ser servido de rodillas, siempre hablar con intÊrprete a toda esa vil canalla que llaman pueblo", Juliette pregunta (sin ironía): "Pero los caprichos del libertinaje Âŋno os sacan de esa altura?" "Para las cabezas organizadas como las nuestras, responde Saint-Fond, esta humillaciÃŗn sirve deliciosamente a nuestro orgullo." Y Sade agrega como observaciÃŗn: "Esto es fÃĄcil de comprender; hacemos lo que nadie hace; uno es, pues, Ãēnico en su gÊnero." Igual satisfacciÃŗn de orgullo en el plan moral, por el sentimiento de estar excluido de la humanidad: "Es necesario que el mundo tiemble al conocer el crimen que habremos cometido. Es necesario avergonzar a los hombres por pertenecer a la misma especie que nosotros; exijo que se levante un monumento para dejar constancia de este crimen al universo y que nuestros nombres sean impresos en dicho monumento por nuestras propias manos." Ser Ãēnico en su gÊnero, es claramente la seÃąal de la soberanía, y veremos hasta quÊ sentido absoluto ha llevado Sade esta categoría.
Todo comienza a ser mÃĄs claro; pero al punto al que hemos llegado, sentimos tambiÊn que todo comienza a volverse muy oscuro; ese movimiento por el cual el Único escapa de la sumisiÃŗn a otro estÃĄ lejos de ser transparente. Desde algunos ÃĄngulos, es una especie de insensibilidad estoica, la cual parece suponer la perfecta autonomía del hombre en relaciÃŗn con el mundo. Pero, al mismo tiempo, es todo lo contrario, pues independientemente de los otros que jamÃĄs pueden perjudicarlo, el Único afirma inmediatamente sobre ellos una relaciÃŗn de absoluto dominio, y no es porque el prÃŗjimo no pueda nada contra Êl o que el puÃąal, la tortura, las maniobras envilecedoras lo dejen intacto, sino porque Êl puede todo contra el prÃŗjimo, ya que incluso el dolor que viene de otros le da el placer del poder y lo ayuda a ejercer su soberanía. Ahora bien, esta situaciÃŗn resulta muy embarazosa. Desde el momento en que "ser amo de mí" significa "ser amo de los demÃĄs"; desde el momento en que mi independencia no proviene de mi autonomía, sino de la dependencia de los otros hacia mí, es claro que permanezco ligado a los otros y que tengo necesidad de ellos, aunque sea para reducirlos a la nada. Semejante dificultad ha sido evocada a menudo, a propÃŗsito de Sade. No es seguro que el propio Sade sea sensible a esto, y una de las originalidades de este pensamiento "excepcional" proviene tal vez de esto: cuando no se es Sade, hay en ello un problema decisivo, mediante el cual entre amo y esclavo se reintroducen relaciones de solidaridad recíproca; pero cuando uno se llama Sade, no existe en ello ningÃēn problema y existe incluso la imposibilidad de ver un problema.
No podemos examinar, como sería necesario, los textos muy numerosos (todo es siempre en cantidad infinita en Sade) que se refieran a esta situaciÃŗn. En realidad, las contradicciones abundan. Algunas veces, la ferocidad del libertinaje parece como obsesionada por la contradicciÃŗn de sus placeres. El libertino no tiene mayor placer que el de inmolar a sus víctimas, pero este placer se arruina por sí mismo, se destruye aniquilando lo que lo causa: "El placer de matar a una mujer, dice uno, rÃĄpidamente pasa; no se siente nada mÃĄs cuando estÃĄ muerta; las delicias de hacerla sufrir desaparecen con su vida... MarquÊmoslas (al hierro rojo), marchitÊmoslas; de este envilecimiento sufrirÃĄ hasta el Ãēltimo momento de su vida y nuestra lujuria, infinitamente prolongada, se volverÃĄ aÃēn mÃĄs deliciosa." Asimismo, Saint-Fond, descontento de los suplicios demasiado sencillos, quisiera para cada ser una especie de muerte infinita; por ello, imagina, mediante un sistema indudablemente ingenioso, meter la mano en el infierno, y se las arregla para disponer, desde este mundo, a expensas de los seres que escoge, de esta fuente inextinguible de tormentos. Discernimos allí, seguramente, algunas relaciones inexpresables que la opresiÃŗn crea entre el oprimido y el opresor. El hombre de Sade obtiene su existencia de la muerte que da y a veces, deseando una eternidad de vida, sueÃąa con una muerte que pueda dar eternamente, de tal manera que el verdugo y la víctima, colocados eternamente el uno enfrente de la otra, se vean igualmente provistos del mismo poder, del mismo atributo divino de la eternidad. Que semejante contradicciÃŗn forme parte de Sade, no podríamos discutirlo. Pero aÃēn mÃĄs a menudo le sucede que por razones que nos esclarecen todavía mÃĄs profundamente acerca del inundo que es el suyo, pasa esto por alto. A Saint-Fond, Clairwill le reprocha lo que ella llama sus extravagancias imperdonables y para ponerlo en el camino recto, le da este consejo:

Remplaza la idea voluptuosa que te calienta la cabeza ―la idea de prolongar hasta el infinito los suplicios del ser al que hemos condenado a muerte―, remplÃĄzala por una mayor abundancia de asesinatos; no mates por mÃĄs tiempo al mismo individuo, lo que es imposible, sino asesina a muchos otros, lo que es muy factible.

El gran nÃēmero es en efecto una soluciÃŗn bastante mÃĄs correcta. Considerar a los seres desde el punto de vista de la cantidad los mata aÃēn mÃĄs completamente que la violencia física que los aniquila. El criminal se une posiblemente de manera indisoluble con aquel a quien asesina. Pero el libertino que, inmolando a su víctima no resiente sino la necesidad de sacrificar a otras miles, parece extraÃąamente libre de toda uniÃŗn con ella. A sus ojos, ella no existe en sí misma, no es un ser distinto, sino un simple elemento, indefinidamente sustituible, en una inmensa ecuaciÃŗn erÃŗtica. Al leer declaraciones como Êsta: "Nada divierte, nada calienta la cabeza como el gran nÃēmero", se comprende mejor por quÊ la idea de igualdad sostiene tantos razonamientos de Sade. Todos los hombres son iguales; ello quiere decir que ninguna criatura vale mÃĄs que otra y por lo mismo, todas son intercambiables, ninguna tiene sino la significaciÃŗn de una unidad en un recuento infinito. Enfrente del Único, todos los seres son iguales en nulidad y el Único, al reducirlos a nada, no hace sino volver evidente esa nada.
Es ello lo que hace del mundo de Sade algo tan extraÃąo. Las escenas de ferocidad suceden a las escenas de ferocidad. Las repeticiones son infinitas, fabulosas. En una sola sesiÃŗn, es frecuente que cada libertino torture, masacre cuatrocientas o quinientas víctimas; despuÊs vuelve a comenzar al día siguiente luego, en la noche, nueva ceremonia; varían un poco las disposiciones, Êl se exalta de nuevo y a la hecatombe se agrega la hecatombe. ÂĄY quÊ! ÂŋQuiÊn no se da cuenta de que en esas ejecuciones gigantescas los que mueren no poseen ya la menor realidad y que, si ellos desaparecen con esa facilidad irrisoria, es porque han sido antes aniquilados por un acto de destrucciÃŗn total y absoluta, que no estÃĄn allí y que no mueren sino para dar testimonio de esta especie de cataclismo original, de esta destrucciÃŗn que no vale sÃŗlo para ellos, sino para todos los demÃĄs? Esto es notable: el mundo en que avanza el Único es un desierto; los seres que Êl encuentra allí son menos que cosas, menos que sombras y al atormentarlos y al destruirlos no es su vida lo que toma, sino que es su nada lo que verifica, es su inexistencia de la cual se vuelve amo y de la cual extrae su mayor regocijo. ÂŋQuÊ dice, pues, en el alba de las 120 jornadas, el duque de Blangis a las mujeres reunidas para el placer de los cuatro libertinos?

Examinad vuestra situaciÃŗn, lo que sois, lo que nosotros somos, y que esas reflexiones os hagan estremecer: estÃĄis aquí fuera de Francia, al fondo de un bosque inhabitado, mÃĄs allÃĄ de montanas escarpadas cuyos parajes han sido aniquilados inmediatamente despuÊs de que vosotras los habÊis franqueado; estÃĄis encerradas en una ciudadela impenetrable, de la cual nadie sabe, pues os encontrÃĄis sustraídas a vuestros amigos, a vuestros padres, vosotras ya estÃĄis muertas para el mundo.

Esto debe entenderse en sentido propio; ellas estÃĄn ya muertas, suprimidas, encerradas en el vacío absoluto de una Bastilla donde la existencia ya no entra y en la cual su vida no sirve sino para volver sensible ese carÃĄcter "ya muerto" con el cual se confunde.
Dejemos de lado las historias de necrofilia que aunque bastante numerosas en Sade, parecen bastante lejanas de las posibilidades "normales" de sus hÊroes. Sería necesario ademÃĄs seÃąalar que cuando estos exclaman: "ÂĄAh, el bello cadÃĄver!" y se calientan a la insensibilidad de la muerte, la mayor parte del tiempo habían comenzado por ser asesinos y de este poder de agresiÃŗn no se cansan de prolongar sus efectos, aÃēn mÃĄs allÃĄ de la muerte. Es innegable que lo que caracteriza el mundo de Sade no es el gusto de no formar sino uno con la existencia cadavÊrica, ni el esfuerzo de deslizarse en la pasividad de una forma que representa la ausencia de forma, realidad plenamente real, sustraída de la incertidumbre de la vida y que sin embargo encarna la irrealidad por excelencia. Por el contrario, el centro del mundo sÃĄdico es la exigencia de la soberanía, que se afirma por una inmensa negaciÃŗn. Esta negaciÃŗn que se realiza a la escala de los grandes nÃēmeros, que ningÃēn caso particular puede satisfacer, estÃĄ esencialmente destinada a superar el plano de la existencia humana. Por mucho que el hombre de Sade se imponga a los demÃĄs por su capacidad de destruir, si da la impresiÃŗn de no ser nunca su tributario, incluso en la necesidad que tiene de aniquilarlos, si parece siempre capaz de prescindir de ellos, es porque estÃĄ colocado en un plano en el cual ellos ya no tienen nada en comÃēn, y se ha colocado de una vez por todas en ese plano; dando por horizonte a su proyecto destructor algo que supera infinitamente a los hombres y a su corta existencia. En otros tÊrminos, en la medida en que el hombre sÃĄdico parece sorprendentemente libre en relaciÃŗn con sus víctimas, de las cuales sin embargo dependen sus placeres, es porque la violencia sobre ellas apunta hacia otra cosa, va bastante mÃĄs lejos y no hace sino verificar frenÊticamente, al infinito, sobre cada caso particular, el acto general de destrucciÃŗn por el cual ha reducido a Dios y al mundo a la nada.
Evidentemente, el espíritu del crimen estÃĄ ligado en Sade a un sueÃąo desmesurado de negaciÃŗn, que las dÊbiles posibilidades prÃĄcticas no cesan de degradar y de deshonrar. El mÃĄs bello crimen de aquí abajo no es sino una miseria de la cual se avergÃŧenza el libertino. No hay uno solo entre ellos que, como el monje JÊrôme, no tenga un sentimiento de vergÃŧenza ante la mediocridad de sus maldades y no busque un crimen superior a todo lo que el hombre podría hacer en el mundo, y desgraciadamente, dice, "no lo encuentro: todo lo que hacemos no es sino la imagen de aquello que quisiÊramos hacer".

Quisiera, dice Clairwill, encontrar un crimen cuyo efecto perpetuo actÃēe, incluso cuando yo no actuase mÃĄs, de suerte que no haya habido un solo instante de mi vida en el cual, incluso durmiendo, no sea yo causa de algÃēn desorden cualquiera y que ese desorden pudiese extenderse al punto que condujera a una corrupciÃŗn general o a un desarreglo tan formal que aun despuÊs de mi vida el efecto siguiera prolongÃĄndose.

A lo cual Juliette da esta respuesta muy propia para agradar al autor de La Nouvelle Justine: "Intenta el crimen moral al cual llegamos por escrito." Si Sade, que en su sistema reduce tanto como es posible la parte de las voluptuosidades intelectuales, que ha suprimido casi completamente el erotismo de la imaginaciÃŗn (porque su propio sueÃąo erÃŗtico consiste en proyectar sobre unos personajes que no sueÃąan sino que actÃēan realmente, el movimiento ideal de sus placeres: el erotismo de Sade es un erotismo de sueÃąo, puesto que no se realiza la mayor parte del tiempo sino en la ficciÃŗn; pero en la medida en que ese erotismo es soÃąado, en la misma medida exige una ficciÃŗn en la cual el sueÃąo sea desterrado o la orgía sea realizada o vivida), si Sade, sin embargo, por excepciÃŗn ha exaltado lo imaginario, es porque sabe muy bien que el fundamento de tantos crímenes imperfectos es un crimen imposible, del cual Ãēnicamente la imaginaciÃŗn puede dar cuenta y por ello dice a travÊs de Belmor:

Oh Juliette, en verdad son deliciosos los placeres de la imaginaciÃŗn. Toda la tierra nos pertenece en esos momentos deliciosos; ni una sola criatura se nos resiste, devastamos el mundo, lo repoblamos de nuevos objetos que tambiÊn inmolamos; tenemos el medio de todos los crímenes, usamos de todos, centuplicamos el horror.

En su recopilaciÃŗn de estudios, donde no sÃŗlo los pensamientos mÃĄs fuertes son expresados sobre Sade, sino tambiÊn sobre todos los problemas que la existencia de Sade puede esclarecer, Pierre Klossowski explica el carÃĄcter tan complejo de las relaciones que establece la conciencia sÃĄdica con Dios y con el prÃŗjimo[2]. Muestra que sus relaciones son negativas, pero que, por lo mismo que la negaciÃŗn es real, reintroduce las nociones que suprime: la nociÃŗn de Dios y la nociÃŗn del prÃŗjimo, dice, son indispensables para la conciencia del libertino. De ello podemos discutir infinitamente, porque la obra de Sade es un caos de ideas claras en la cual todo estÃĄ dicho, pero tambiÊn todo disimulado. Sin embargo, la originalidad de Sade nos parece que estÃĄ en la pretensiÃŗn extremadamente firme de fundar la soberanía del hombre sobre un poder trascendente de negaciÃŗn, poder que no depende en nada de los objetos que destruye; que al destruirlos, no presupone siquiera su existencia anterior, pues ya desde antes son considerados nulos. Ahora bien, esta dialÊctica encuentra a la vez su mejor ejemplo y posiblemente su justificaciÃŗn en la manera en que el Omnipotente de Sade se afirma en relaciÃŗn a la Omnipotencia divina.
Maurice Heine[3] ha hecho resaltar la firmeza excepcional del ateísmo de Sade. Pero, como Pierre Klossowski tiene mucha razÃŗn en recordar, ese ateísmo no es de sangre fría. Desde que en el desarrollo mÃĄs tranquilo aparece el nombre de Dios, inmediatamente el lenguaje se enciende, el tono se eleva, el movimiento del odio arrastra las palabras, las trastorna. No es ciertamente en las escenas de lujuria en las cuales Sade da pruebas de su pasiÃŗn, sino que la violencia y el desprecio y el calor del orgullo y el vÊrtigo del poder y del deseo se despiertan inmediatamente cada vez que el Único percibe en su camino algunos vestigios de Dios. La idea de Dios es, de alguna manera, la falta inexpiable del hombre, su pecado original, la prueba de su nada, lo que justifica y autoriza el crimen, pues contra un ser que ha aceptado anularse enfrente de Dios, no podríamos recurrir a medios demasiado enÊrgicos de aniquilamiento. Sade escribe: "La idea de Dios es el Ãēnico mal que no puedo perdonar al hombre." Palabra decisiva y una de las claves de su sistema. La creencia en un Dios todopoderoso que no deja al hombre sino la realidad de un hato de paja, de un ÃĄtomo de nada, impone al hombre integral el deber de recuperar ere poder soberano, al recuperar para sí mismo en nombre de los hombres y sobre los hombres, el derecho soberano que Êstos han reconocido en Dios. El criminal, cuando mata, es Dios sobre la tierra, porque realiza entre Êl y su víctima las relaciones de subordinaciÃŗn en la que Êsta ve las relaciones de la definiciÃŗn de la soberanía divina.
Desde que un verdadero libertino discierne, así sea en el espíritu del degenerado mÃĄs corrompido, la menor huella de fe religiosa, inmediatamente le decreta la muerte: porque ese ser descarriado se ha destruido a sí mismo, habiendo abdicado entre las manos de Dios; sucede que Êl se considera nada, de manera que aquel que lo mata no hace sino regularizar una situaciÃŗn que las apariencias apenas velan.
El hombre de Sade niega a los hombres y esta negaciÃŗn se realiza por intermedio de la nociÃŗn de Dios. MomentÃĄneamente, Êl se hace Dios, para que enfrente de Êl los hombres se aniquilen y vean cuÃĄl es la nada de un ser enfrente de Dios. "ÂŋVos no amÃĄis a los hombres, verdad príncipe?", pregunta Juliette. "Los aborrezco. No hay un solo instante en que no tenga deseos vehementes de daÃąarlos. No hay, en efecto, una raza mÃĄs espantosa... ÂĄQuÊ bajeza, quÊ vil, quÊ repulsivo!" "Pero vos, interrumpe Juliette, ÂŋcreÊis realmente que vos formÃĄis parte de los hombres?" "Oh, no, no, cuando se les domina con tanta energía es imposible ser de su raza." "Ella tiene razÃŗn, dice Saint-Fond, sí, nosotros somos dioses."
Sin embargo, el movimiento de la dialÊctica continÃēa: el hombre de Sade que ha tomado por su cuenta el poder de estar por encima de los hombres, concedido locamente por Êstos a Dios, no olvida un instante que ese poder es todo negaciÃŗn: ser Dios no puede tener sino un sentido, aplastar a los hombres, aniquilar la creaciÃŗn. "Quisiera ser la caja de Pandora, dice tambiÊn Saint-Fond, para que todos los males surgidos de mi seno destruyan a todos los seres individualmente." Y Verneuil: "Si fuera verdad que existe un Dios, Âŋno seríamos nosotros sus rivales, al destruir así lo que Êl hubiera formado?" De esta manera se elabora poco a poco una concepciÃŗn ambigua de la Omnipotencia, en el Ãēltimo sentido de la cual no pueden existir dudas. P. Klossowski insiste en las teorías de ese Saint-Fond del cual acabamos de transcribir los pensamientos y que, entre todos los hÊroes de Sade, presenta esa singularidad de creer en el Ser Supremo; sÃŗlo que el Dios en el cual cree no es muy bueno, sino "muy vengativo, muy bÃĄrbaro, muy malo, muy cruel"; es el Ser Supremo en maldad, el Dios de las fechorías. Sade ha sacado de esta idea toda clase de desarrollos brillantes. Imagina un juicio final que describe con sus recursos del humor feroz que le es propio. Escucha en Êl a Dios, regaÃąando a los buenos en estos tÊrminos:

Si habÊis visto que todo era vicioso y criminal sobre la tierra, Âŋpor quÊ os habÊis perdido en el camino de la virtud? Las desgracias perpetuas con las cuales cubrí el Universo, Âŋno debían convenceros de que no amo mÃĄs que el desorden y que era necesario irritarme para complacerme? ÂŋNo os daba yo cada día el ejemplo de la destrucciÃŗn? ÂŋPor quÊ no destruíais vosotros? ÂĄImbÊcil! ÂŋPor quÊ no me imitabas?

Pero recordado esto, es evidente que tal concepciÃŗn de un Dios infernal no es sino un momento de la dialÊctica por la cual el superhombre de Sade, despuÊs de haber negado al hombre bajo el nombre de Dios, va al encuentro con Dios y va a negarlo a su vez en nombre de la naturaleza, para finalmente negar la naturaleza identificÃĄndola con el espíritu de negaciÃŗn. En el Dios malvado, la negaciÃŗn que acaba de exterminar la nociÃŗn de orden reposa, por decirlo así, unos momentos antes de tomarse ella misma por objeto. Saint-Fond, al convertirse en Dios, obliga por lo mismo a Dios a convertirse en Saint-Fond, y el Ser Supremo, entre las manos del cual el dÊbil había abdicado para empujar al fuerte a la abdicaciÃŗn, se afirma sÃŗlo como la gigantesca coerciÃŗn de una transcendencia de bronce que aplasta a cada uno en proporciÃŗn a su debilidad. Es el odio hipostasiado a los hombres, llevado a su tÊrmino mÃĄs alto. Pero apenas llegado a la existencia absoluta, el espíritu de negaciÃŗn, habiendo tomado conciencia de sí mismo como infinito, no puede sino revolverse contra la afirmaciÃŗn de esta existencia absoluta, Ãēnico objeto que estÃĄ ahora a la medida de una negaciÃŗn que se ha vuelto infinita. Es el odio de los hombres que se había encarnado en Dios. Ahora es el odio de Dios, que libera de sí mismo el propio odio. Odio tan vigoroso que parece a cada instante proyectar la realidad de lo que niega para afirmarse mejor y justificarse. "Si esta existencia ―la de Dios― fuera verdadera, confieso, dice la Dubois, que el solo placer de irritar perpetuamente a aquel que estaría revestido de ella se volvería el mÃĄs preciso resarcimiento de la necesidad en la cual me encontraría de aceptar cualquier creencia en Êl." Pero un odio tan devorador, Âŋda testimonio como parece creerlo Klossowski, de una fe que hubiera olvidado su nombre y recurriera a la blasfemia para obligar a Dios a salir del silencio? No nos parece. Todo indica, por el contrario, que este odio tan poderoso no estÃĄ vinculado a Dios con esa predilecciÃŗn sino porque ha encontrado en Êl un pretexto y un alimento privilegiado. Dios, para Sade, no es manifiestamente sino el soporte de su odio. Su odio es demasiado grande para que le importe algÃēn objeto: como es infinito, como supera todos los límites, le sucede que se complace en sí mismo y se extasía de esta infinitud a la cual da el nombre de Dios ("Tu sistema, dice Clairwill a Saint-Fond, no encuentra sus orígenes sino en el profundo horror que tÃē tienes a Dios"). Pero es sÃŗlo el odio lo que es real y al fin, se lanzarÃĄ contra la naturaleza con tanta intrepidez como contra el Dios inexistente que aborrece.
En realidad, si las cosas religiosas, si el nombre de Dios, si esos "hacedores de Dios" que son los curas desencadenan las pasiones mÃĄs tormentosas de Sade, es porque las palabras de Dios y de religiÃŗn son propias para encarnar en Êl todas las formas de su odio. En Dios, Êl odia la nada del hombre, que se ha dado semejante amo, y el pensamiento de esa nada lo irrita y lo inflama a tal punto que no puede sino cooperar con Dios, para sancionar esa nada. AdemÃĄs, en Dios, Êl odia la omnipotencia de Dios, en la cual reconoce la suya propia, y Dios se convierte en la figura, en el cuerpo de su odio infinito. Finalmente, Êl odia en Dios la miseria de Dios, la nulidad de una existencia que, en tanto que se afirma como existencia y creaciÃŗn, no es nada, pues lo que es grande, lo que es todo, es el espíritu de destrucciÃŗn.
Ese espíritu de destrucciÃŗn se identifica, en el sistema de Sade, con la naturaleza. Sobre ese punto, su pensamiento ha andado mucho a tientas, le ha sido necesario deshacerse de las filosofías ateas de moda hacia las cuales no puede sentir sino simpatía y en las cuales su razÃŗn, ÃĄvida de argumentos, encontraba recursos inextinguibles. Pero en la medida en la cual Êl ha sabido superar la ideología naturalista, la cual no lo ha engaÃąado con analogías externas, nos ofrece la prueba de que en Êl la lÃŗgica ha ido hasta el extremo y no se ha evadido frente a las formas oscuras que la sostenían. La naturaleza es una de esas palabras que, como tantos escritores de su tiempo, Sade usaba gustosamente. En nombre de la naturaleza ha conducido su lucha contra Dios y contra todo lo que Dios representa, en particular la moral. No insistamos, la abundancia de Sade sobre este tema es vertiginosa. Esta naturaleza es en principio para Êl la vida universal y, durante centenares de pÃĄginas, toda su filosofía consiste en repetir que los instintos inmorales son buenos, puesto que son hechos naturales y que la primera y la Ãēltima instancia, es la naturaleza. Dicho de otra manera, no hay moral, es el reino del hecho. Pero en seguida, molesto por el valor igual que se ve conducido a acordar a los instintos virtuosos y a los impulsos malvados, intenta establecer una nueva escala de valores, en la cumbre de la cual estarÃĄ el crimen. Su principal argumento es volver a decir que el crimen estÃĄ mÃĄs de acuerdo con el espíritu de la naturaleza, porque es movimiento, es decir, vida; la naturaleza que quiere crear, dice, tiene necesidad del crimen que destruye: todo esto establecido de una manera sumamente minuciosa, con duraciones infinitas y algunas veces con pruebas bastante llamativas. Sin embargo, a fuerza de hablar de la naturaleza, de encontrar frente a Êl esta referencia indispensable y soberana, el hombre de Sade se irrita poco a poco, y su odio se le vuelve pronto tan insoportable, que lo cubre de anatemas y de negaciones. "Si, amigo mío, aborrezco a la naturaleza." Esta rebeliÃŗn posee dos profundos motivos. Por una parte, en la medida en que Êl mismo forma parte de la naturaleza, siente que la naturaleza escapa de su negaciÃŗn y que cuanto mÃĄs la ultraje y mejor la sirva, mÃĄs la destruye y mÃĄs sufre su yugo. De ahí vienen los gritos de odio y una revuelta verdaderamente demente.

ÂĄOh! tÃē, fuerza ciega e imbÊcil, cuando yo haya exterminado sobre la tierra a todas las criaturas que la cubran, yo estarÊ bien lejos de mi objetivo, puesto que yo te habrÊ servido, madrastra, y porque yo no aspiro sino a vengarme de tu idiotez o de la maldad que haces probar a los hombres, al no proporcionarles jamÃĄs los medios de librarse de las horribles inclinaciones que tÃē les inspiras.

Existe allí la expresiÃŗn de un sentimiento primordial y elemental: ultrajar a la naturaleza es la mÃĄs profunda exigencia del hombre, esa necesidad en Êl es mil veces mÃĄs fuerte que la de ofender a Dios.

No hay en todo lo que hacemos sino los ídolos que fabricamos y criaturas ofendidas, pero la naturaleza no lo es, y es a ella a quien quisiera ultrajar, quisiera estorbar sus planes, detener su marcha, parar la rueda de los astros, trastornar los globos que flotan en el espacio, destruir aquello que la sirve, proteger lo que la perjudica, insultarla, en una palabra, en sus obras y no he podido lograrlo.

Y aun en este pasaje Sade se da la facilidad de confundir la naturaleza con sus grandes leyes, lo que le permite soÃąar con un cataclismo que podría destruirlas, pero su lÃŗgica rechaza ese compromiso y cuando, por otra parte, imagina un mecÃĄnico inventando una mÃĄquina para pulverizar el universo, debe hacer esta confesiÃŗn: nadie habrÃĄ merecido mÃĄs de la naturaleza que el autor. Sade siente perfectamente que aniquilar todas las cosas no es aniquilar el mundo, pues el mundo no es sÃŗlo una afirmaciÃŗn universal, sino una universal destrucciÃŗn, de manera que la totalidad del ser y la totalidad de la nada lo representan de la misma manera. En ello la lucha contra la naturaleza encarna en la historia del hombre una etapa dialÊctica muy superior a la lucha contra Dios. Podemos decir, sin modernizar su pensamiento, que Sade es uno de los primeros en haber reconocido en la idea de mundo los rasgos propios de la trascendencia, puesto que la idea de nada, al formar parte del mundo, no podemos pensarla sino desde el interior de un todo que es siempre el mundo.
Si el crimen es el espíritu de la naturaleza, no hay crimen contra natura y en consecuencia, no hay crimen posible. Sade lo afirma a veces con la mayor satisfacciÃŗn, a veces con la rabia mÃĄs viva. Es que negar la posibilidad del crimen le permite negar la moral, Dios y todos lo valores humanos, pero negar el crimen es tambiÊn renunciar al espíritu de negaciÃŗn, admitir que Êste podría suprimirse a sí mismo. ConclusiÃŗn contra la cual se levanta con energía y que lo conduce poco a poco a retirarle toda su realidad a la naturaleza. En los Ãēltimos volÃēmenes de la Nouvelle Justine (particularmente en los volÃēmenes VIII y IX), Juliette denuncia todas sus precedentes concepciones y se corrige en los siguientes tÊrminos: "QuÊ imbÊcil era yo antes de separarnos, yo creía aÃēn en la Naturaleza, y los nuevos sistemas adoptados por mí desde ese tiempo, me apartan de ella..." La naturaleza, dice, no tiene mÃĄs de verdad, de realidad o de sentido que Dios mismo: "ÂĄAh puta! Posiblemente me engaÃąas como lo fui antes por la infame quimera de Dios al cual te decían sometida; no dependemos mÃĄs de ti que de Êl; las causas son posiblemente inÃētiles para los efectos..." Así desaparece la naturaleza, aunque el filÃŗsofo haya puesto en ella todas sus complacencias y que le haya sido muy agradable hacer de la vida universal una formidable mÃĄquina de muerte. Pero la simple nada no es su objetivo. Lo que ha perseguido es la soberanía a travÊs del espíritu de negaciÃŗn llevado a su punto extremo. Esta negaciÃŗn, poco a poco, la ha llevado a los hombres, a Dios, a la naturaleza para comprobarla. Hombres, Dios, naturaleza, cada una de esas nociones en el momento en que la negaciÃŗn la atraviesa, parece recibir un cierto valor, pero si tomamos la experiencia en su conjunto, esos momentos no tienen la menor realidad, pues lo propio de la experiencia consiste exactamente en arruinarlos, en anular los unos por los otros. ÂŋQuÊ son los hombres si no son nada enfrente de Dios? ÂŋQuÊ es la naturaleza obligada a desaparecer enfrente del hombre que lleva en sí la necesidad de ultrajarla? Y es así como se cierra el círculo. Habiendo partido del hombre, henos aquí vueltos al hombre. SÃŗlo que Êste lleva ahora un nuevo hombre: se llama el Único, el hombre Ãēnico en su gÊnero.
Sade, habiendo descubierto que en el hombre la negaciÃŗn era poder, ha pretendido fundar el porvenir del hombre sobre la negaciÃŗn llevada hasta su extremo. Para llegar a ello ha imaginado, tomÃĄndolo del vocabulario de su tiempo, un principio que por su ambigÃŧedad, representa una decisiÃŗn muy ingeniosa. Este principio es la energía. La energía es, en efecto, una nociÃŗn muy equívoca. Es a la vez reserva y gasto de fuerza, afirmaciÃŗn, que no se realiza sino a travÊs de la negaciÃŗn, fuerza que es destrucciÃŗn. AdemÃĄs, es hecho y ley, dato y valor. Es asombroso que, en este universo de la efervescencia y de la pasiÃŗn, Sade, lejos de poner en el primer plano el deseo, lo haya subordinado y juzgado sospechoso. Es que el deseo niega la soledad y conduce a un peligroso reconocimiento del mundo ajeno. Pero, cuando Saint-Fond declara: "Mis pasiones, concentradas sobre un punto Ãēnico, se parecen a los rayos del astro reunidos por un vidrio ardiente: queman inmediatamente el objeto que se encuentra sobre el hogar", vemos claramente cÃŗmo la destrucciÃŗn puede parecer sinÃŗnimo de poder, sin que el objeto destruido saque de esta operaciÃŗn el mínimo valor. Otra ventaja de este principio: asigna al hombre un porvenir, sin imponerle el reconocimiento de ninguna nociÃŗn ideal. He aquí uno de los mayores mÊritos de Sade. Pretende poner en tierra la moral del bien pero, a pesar de algunas afirmaciones provocadoras, tuvo gran cuidado de no remplazarlo por un Evangelio del mal. Cuando escribe: "Todo es bueno cuando es excesivo", podemos reprocharle la incertidumbre de su principio, pero no podemos reprocharle el querer fundar la soberanía del hombre sobre la soberanía de nociones que le serían superiores. Ninguna conducta sale privilegiada de esto: podemos escoger hacer lo que sea; lo que importa es que al hacerlo seamos capaces de hacer coincidir la mayor destrucciÃŗn con la mayor afirmaciÃŗn. PrÃĄcticamente, en las novelas de Sade, es de esa manera como suceden las cosas. No es de acuerdo con la mayor o menor virtud o vicio como los seres son desgraciados o felices, sino de acuerdo con la energía de la cual dan prueba; pues, como Êl escribe, "la felicidad depende de la energía de principios, no podría existir para quien flota incesantemente". Juliette, a quien Saint-Fond propone un plan para devastar por hambre las dos terceras partes de Francia, duda y se enfurece: inmediatamente, es amenazada. ÂŋPor quÊ? Porque ella ha dado pruebas de debilidad, el tono de su alma ha bajado, y la energía mayor de Saint-Fond se prepara a convertirla en su presa. Esto es aÃēn mÃĄs claro en el caso de la Durand, que es, una envenenadora incapaz de la virtud; su corrupciÃŗn es completa. Pero un día el gobierno de Venecia le pide esparcir la peste. Este proyecto la aterroriza, no a causa de su carÃĄcter inmoral, sino porque teme los peligros que ella misma podría correr. Inmediatamente, es condenada. La energía le ha fallado, ha encontrado su amo, y su amo es la muerte. En una vida peligrosa, dice Sade, lo importante es nunca "carecer de la fuerza necesaria para franquear los Ãēltimos límites". Podemos decir que este mundo extraÃąo no estÃĄ compuesto por individuos, sino por sistemas de fuerzas en tensiÃŗn mÃĄs o menos elevada. Allí donde se produce una baja de tensiÃŗn, la catÃĄstrofe se vuelve inevitable. AdemÃĄs, no hay por quÊ hacer diferencia entre la energía de la naturaleza y la del hombre: la lujuria es una de especie de rayo, como el rayo es la lubricidad de la naturaleza; el dÊbil serÃĄ víctima del uno y de la otra y el fuerte saldrÃĄ triunfante. Justine es fulminada, Juliette no lo es: ningÃēn arreglo providencial en este desenlace. La debilidad de Justine llama al rayo que arroja sobre ella la energía de Juliette. Igualmente todo lo que le sucede a Justine la vuelve desgraciada, porque todo lo que la afecta la disminuye; de ella nos dice que sus inclinaciones eran virtuosos pero bajas y esto debe entenderse en sentido literal. Al contrario, todo lo que alcanza a Juliette le revela su poder, y ella lo aprovecha, para acrecentarse a sí misma. Por ello, morirÃĄ y su muerte, haciÊndola sentir la destrucciÃŗn total como el gasto total de su inmensa energía, la, harÃĄ llegar a los límites del poder y de la exaltaciÃŗn.
Sade ha comprendido perfectamente que la soberanía del hombre enÊrgico, tal y como Êste la conquista identificÃĄndose con el espíritu de negaciÃŗn, es un estado paradÃŗjico. El hombre integral, que se afirma completamente, es insensible. Ha comenzado por destruirse Êl mismo, en tanto que hombre, despuÊs en tanto que Dios, despuÊs en tanto que naturaleza, y así se ha convertido en el Ãēnico. Ahora todo lo puede, pues la negaciÃŗn en Êl ha acabado con todo. Para dar cuenta de su formaciÃŗn, Sade recurre a una concepciÃŗn muy coherente a la cual da el nombre clÃĄsico de apatía. La apatía es el espíritu de negaciÃŗn aplicado al hombre que ha decidido ser soberano. Es, de alguna manera, la causa o el principio de la energía. Sade, aparentemente, razona mÃĄs o menos de esta manera: el individuo actual representa una cierta cantidad de fuerza; la mayor parte del tiempo dispersa sus fuerzas alienÃĄndolas en beneficio de los simulacros que se llaman los otros, Dios, el ideal; por esta dispersiÃŗn, comete el error de agotar sus posibilidades desperdiciÃĄndolas, pero aÃēn mÃĄs de fundar su conducta sobre la debilidad, pues si se gasta por los demÃĄs, es porque cree en la necesidad de apoyarse sobre ellos. Desfallecimiento fatal: se debilita gastando sus fuerzas vanamente y Êl gasta sus fuerzas porque se cree dÊbil. Pero el hombre verdadero sabe que estÃĄ solo y lo acepta; todo lo que en Êl, herencia de 17 siglos de cobardía, se relaciona con otros, lo niega; por ejemplo, la piedad, la gratitud, el amor, son sentimientos que Êl se propone destruir; al destruirlos, recupera toda la fuerza que le hubiera sido necesario consagrar a esos impulsos debilitantes y, lo que es mÃĄs importante, saca de ese trabajo de destrucciÃŗn el comienzo de una verdadera energía.
Es necesario entender, en efecto, que la apatía no consiste sÃŗlo en arruinar las pasiones "parasitarias", sino tambiÊn en oponerse a la espontaneidad de cualquier pasiÃŗn. El vicioso que se abandona inmediatamente a su vicio, no es sino un aborto que se perderÃĄ. Incluso los pervertidos con genio, perfectamente dotados para llegar a ser monstruos, si se contentan con seguir sus inclinaciones, estÃĄn destinados a la catÃĄstrofe. Sade lo exige: para que la pasiÃŗn se convierta en energía, es necesario que estÊ comprimida, es necesario que se mediatice pasando por un momento necesario de insensibilidad; entonces, tendrÃĄ la mayor grandeza posible. En los primeros tiempos de su carrera, Juliette no cesa de oírse reprochar por Clairwill: ella no comete el crimen sino en el entusiasmo, no alumbra la antorcha del crimen sino con la antorcha de las pasiones, pone la lujuria, la efervescencia del placer encima de todo. Facilidades peligrosas. El crimen es mÃĄs importante que la lujuria; el crimen de sangre fría es mÃĄs grande que el crimen ejecutado en el ardor de los sentimientos; pero el crimen "cometido con el endurecimiento de la parte sensitiva", crimen sombrío y secreto, importa mÃĄs que todo, porque es el acto de un alma que, habiendo destruido todo en ella, ha acumulado una inmensa fuerza, la cual serÃĄ identificada con el movimiento total de destrucciÃŗn que prepara. Todos esos grandes libertinos, que no viven sino para el placer, no son grandes sino porque han aniquilado en ellos toda capacidad de placer. Por ello llegan a espantosas anomalías, pues la mediocridad de las voluptuosidades les bastaría. Pero se han vuelto insensibles: pretenden gozar de su insensibilidad, de esa insensibilidad negada y se vuelven feroces. La crueldad no es sino la negaciÃŗn de sí mismo, llevada tan lejos que se transforma en una explosiÃŗn destructora; la insensibilidad se vuelve estremecimiento de todo el ser, dice Sade; "el alma pasa a una especie de apatía, que pronto se metamorfosea en placeres mil veces mÃĄs divinos que aquellos que le procurarían sus debilidades".
Comprendemos que en este mundo los principios desempeÃąan un gran papel. El libertino es "pensativo, concentrado en sí mismo, incapaz de conmoverse por cualquier cosa que pueda suceder". Es solitario, no soporta el ruido ni la risa; nada debe distraerlo; "la apatía, la tranquilidad, el estoicismo, la soledad de sí mismo, he aquí el tono en que le es necesario preparar su alma". Semejante transformaciÃŗn, semejante destrucciÃŗn de sí mismo no se realiza sin extremas dificultades. Juliette es una especie de Bildunsgrosman, un libro de aprendizaje donde aprendemos a reconocer la lenta formaciÃŗn de un alma enÊrgica. En apariencia, Juliette es, desde el principio, enteramente depravada. Pero, en realidad, no tiene aÃēn sino ciertas inclinaciones y su cabeza estÃĄ intacta; le queda por realizar un esfuerzo gigantesco pues, como lo dice Balzac, no estÃĄ destruido lo que desea. Sade seÃąala que hay en ese trabajo de la apatía momentos muy peligrosos. Sucede por ejemplo, que la insensibilidad coloca al libertino en tal estado de aniquilamiento que puede en ese instante regresar a la moral: se cree endurecido, no es sino debilidad, presa perfectamente preparada para todos los remordimientos; ahora bien, un solo movimiento de virtud, al revalorar el Universo del hombre y de Dios, basta para arruinar todo su poder; por muy alto que estÊ, se derrumba, y generalmente, esta caída es su muerte. Por el contrario, si en ese estado de aniquilamiento en el cual no siente hacia los peores excesos sino una repugnancia sin gusto, encuentra un Ãēltimo excedente de fuerza para aumentar esta insensibilidad inventando nuevos excesos que le repugnan aÃēn mÃĄs, entonces pasarÃĄ del aniquilamiento a la omnipotencia, del endurecimiento a la voluntad mÃĄs extrema y "agitado por todas partes", gozarÃĄ soberanamente de sí mismo mÃĄs allÃĄ de todos los límites.

Uno de los aspectos sorprendentes de Sade y de su destino es que, aunque el escÃĄndalo no tenga mejor símbolo que Êl, todo lo que hay de audacia escandalosa en su pensamiento haya permanecido desconocido tanto tiempo. No es necesario sacar la cuenta de los temas que ha descubierto y que los espíritus mÃĄs osados de los siglos por venir van a poner toda su audacia en reafirmar: los hemos reconocido en el trÃĄnsito y aun nos hemos limitado a volver a encontrar el movimiento de este pensamiento, al considerar en Êl Ãēnicamente los puntos esenciales. HubiÊramos podido igualmente disertar sobre su concepciÃŗn del sueÃąo, donde ve el trabajo del espíritu convertido en instinto y escapando de la moral del día, en la cual se dan reflexiones por las que se adelanta a Freud, como por ejemplo Êsta: "Es en el seno de la madre donde se fabrican los Ãŗrganos que deben volvernos susceptibles de tal o cual fantasía; los primeros objetos presentados, los primeros discursos escuchados acaban por determinar el impulso: por mucho que haga la educaciÃŗn, no cambiarÃĄ nada." Existe en Sade un moralista de pura tradiciÃŗn y sería fÃĄcil reunir una colecciÃŗn de mÃĄximas, frente a las cuales las de La Rochefoucauld parecerÃĄn dÊbiles e inciertas. Se le reprocha el escribir mal y, en efecto, escribe a menudo con apresuramiento y con una prolijidad que cansa, pero es tambiÊn capaz de un humor extraÃąo, su estilo alcanza una jovialidad helada, una especie de fría inocencia en los excesos, que podemos preferir a toda la ironía de Voltaire y que no encontramos en ningÃēn otro escritor francÊs. Todos esos mÊritos son excepcionales, pero han sido en vano: hasta el día en que Apollinaire, Maurice Heine o Andre Breton, con su sentido para adivinar las potencias escondidas de la historia, nos han abierto el camino hacia Êl, e incluso despuÊs, hasta los Ãēltimos estudios de Georges Bataille, de Jean Paulhan y de P. Klossowski, Sade, seÃąor de los grandes temas del pensamiento y de la sensibilidad modernas, continÃēa brillando como un nombre vacío. ÂŋPor quÊ? Es que este pensamiento es obra de una locura y ha tenido por molde una depravaciÃŗn ante la cual el mundo ha retrocedido. AdemÃĄs, se presenta como la teoría de esa inclinaciÃŗn, es su calca y pretende trasponer en una visiÃŗn completa del mundo la anomalía mÃĄs repugnante. Por primera vez, la filosofía estÃĄ concebida en pleno día como el producto de una enfermedad[4] y ha afirmado descaradamente como pensamiento lÃŗgico universal un sistema cuya sola cauciÃŗn es la preferencia de un individuo aberrante.
Es este otro de los rasgos fuertes de Sade. Podemos decir que ha realizado su propia explicaciÃŗn escribiendo un texto en el cual consigna todo lo que se relaciona a lo que lo obsesiona y en el cual busca cierta coherencia, y cuÃĄl es la lÃŗgica de sus observaciones obsesivas. Pero, por otra parte, es el primero que ha probado orgullosamente que de cierta manera personal e incluso monstruosa de conducirse podía extraerse, con pleno derecho, una visiÃŗn del mundo bastante significativa para que grandes espíritus, exclusivamente preocupados en buscar el sentido de la condiciÃŗn humana, no hayan hecho otra cosa que reafirmar las principales perspectivas y apoyar su validez. Sade tuvo la audacia de afirmar que al aceptar intrÊpidamente los gustos singulares que tenía y al tomarlos como punto de partida y principio de toda razÃŗn, daba a la filosofía el fundamento mÃĄs sÃŗlido que hubiese podido encontrar y se ponía en posiciÃŗn de interpretar de una manera profunda la especie humana en su conjunto. Semejante pretensiÃŗn ya no estÃĄ hecha seguramente para espantarnos, pero reconozcÃĄmoslo, empezamos sÃŗlo ahora a tomarla en serio, y durante mucho tiempo bastÃŗ para alejar del pensamiento de Sade incluso a aquellos que se interesaban en Sade.
ÂŋQuÊ fue Êl, en principio? Una excepciÃŗn monstruosa, completamente fuera de la humanidad. "La singularidad de Sade, decía Nodier, estÃĄ en haber cometido un delito tan monstruoso que no se le podía caracterizar sin peligro." (Lo cual ha sido de una cierta manera, en efecto, una de las ambiciones de Sade: ser inocente a fuerza de culpabilidad; romper para siempre, por sus excesos, la norma, la ley que hubiera podido juzgarlo.) Otro contemporÃĄneo, Pitou, escribe tambiÊn de una manera espantosa: "La justicia lo había relegado a un rincÃŗn de la prisiÃŗn, dÃĄndoles a todos los detenidos el permiso de deshacerse de ese fardo." Cuando, en seguida, reconocemos en Êl una anomalía propia de algunos, nos hemos apresurado a encerrarlo en esa aberraciÃŗn innombrable a la cual no podía convenir sino ese nombre Ãēnico. Incluso mÃĄs tarde, cuando de esta anomalía de Sade se ha hecho un mÊrito, cuando se ha visto en Êl un hombre lo bastante libre para haber inventado un saber nuevo y, de todas maneras, un hombre excepcional tanto por su destino como por sus preocupaciones, cuando finalmente hemos visto en el sadismo una posibilidad que concierne a toda la humanidad, continuamos descuidando el pensamiento propio de Sade, como si estuviÊramos mÃĄs seguros de que había mayor originalidad y autenticidad en el sadismo, que en la manera en la cual el mismo Sade hubiera podido interpretarlo. Ahora bien, si miramos eso con mayor atenciÃŗn, encontramos que este pensamiento es esencial y que en medio de las contradicciones entre las cuales se mueve, nos aporta, sobre el problema que ilustra el nombre de Sade, unas visiones mÃĄs significativas que todas aquellas que la reflexiÃŗn mÃĄs ejercitada y mejor esclarecida nos hubiera permitido concebir hasta ahora. No digamos que este pensamiento sea viable. Pero nos muestra que entre el hombre normal que encierra al hombre sÃĄdico en un callejÃŗn sin salida y el sÃĄdico que hace de este atolladero una salida, es Êste el que sabe mÃĄs sobre la verdad y la lÃŗgica de su situaciÃŗn y el que tiene la inteligencia mÃĄs profunda de ello, al punto de poder ayudar a que el hombre normal se comprenda a sí mismo, ayudÃĄndole a modificar las condiciones de cualquier comprehensiÃŗn.